“Acabo de conocerte, y ya te quiero”, que diría el perro de ‘Up’. En muchas ocasiones nos pasamos de confianza con completos desconocidos. Así puedes protegerte de revelar información personal

A todos nos ha ocurrido alguna vez: acabas de conocer a alguien y a los pocos minutos te descubres contándole que tu pareja es albañil –más majo él– y que reformó el baño de la casa de tu tía Loli el mes pasado porque resulta que ella está enferma y que, claro, como tu desde la infancia pasas largas temporadas en el pueblo, qué menos que cuidar de la mujer que, por cierto, hace unos canelones deliciosos pero no les pone queso porque cuando tenías 15 años te produjo una reacción alérgica y se te llenó el cuerpo de ronchas rojas a pocos días de tu comunión y madre mía, ¡qué vergüenza!

Sí, pero lo que da vergüenza es el rollo mortal que le has contado a una persona cuyo rostro acabas de ver por primera vez en tu vida. A ver cómo sales de esta porque, genial, encima te has comprometido reformarle la cocina a mitad de precio. Sin comerlo ni beberlo, te has ido de la lengua y le has contado tu vida en verso a un completo desconocido.

El problema de estas situaciones de abuso de confianza con desconocidos –más allá de que puedas ser un auténtico brasas– reside en que quizás, con el paso de los días, las horas e incluso a los pocos minutos, descubras que esa persona verdaderamente no te cae bien y no quieres que sepa nada de tu vida privada. Estupendo, ¿y ahora qué?

Quizás le hayas desvelado detalles íntimos de tu vida personal al pasajero del asiento de al lado del tren, relatado tu historial amoroso a la peluquera de turno o explicado qué lugares de la ciudad te han gustado más en tu recorrido a alguien que, simplemente, te ha dicho qué hora era. Relax. No estás loco ni eres el único que lo hace. Ronald E. Riggio plantea en Psychology Today tres sorprendentes razones psicológicas por las que, en ocasiones, se nos va de las manos y revelamos demasiada información personal a extraños.
'¡Vaya! Esta encuestadora y yo tenemos tanto en común que puede que le pida matrimonio. (iStock)

‘¡Vaya! Esta encuestadora y yo tenemos tanto en común que puede que le pida matrimonio.

Situaciones íntimidas, con desconocidos

Cuando nos quedamos atrapados en un ascensor, nos vemos obligados a compartir taxi o simplemente acudimos a que nos den un masaje, es como si nos sintiésemos obligados a darle conversación a las personas que nos rodean. Evitar los silencios incómodos es la máxima a seguir, pero rellenarlos con tu vida privada tampoco debería ser la solución.

“Experimentamos una sensación de intimidad como consecuencia de laproximidad física”, explica E. Riggio. Nos gusta mantener nuestro espacio personal y en el caso de dejar que lo invada alguien suelen ser personas cercanas. “Cuando estamos hacinados con un extraño, como cuando vamos sentados juntos y bastante pegados durante un vuelo largo, se dispara unafalsa sensación de intimidad: esto hace que bajemos la guardia y nos encontremos revelando información personal que de otro modo sólo le diríamos a amigos íntimos o parientes”, añade el experto en psicología.
'¡Oe, oe! Este comercial de telefonía es mi nuevo mejor amigo'. (iStock)

‘¡Oe, oe! Este comercial de telefonía es mi nuevo mejor amigo’. ‘Majismo’ puro: sentimientos de reciprocidad

Empiezas a darle a la pringosa y ya no sabes cómo parar. Algo así como una divulgación de información personal en loop que se intercala con detalles íntimos de la otra persona. “De esta forma, continuamos contando nuestros secretos y el ciclo se repite una y otra vez”, dice el también autor de Leadership Studies (Elgar). Antes de que te des cuenta, has compartido demasiado y ya no hay vuelta atrás.

“Esto se debe a la norma de reciprocidad.”, explica E. Riggio: “Cuando alguien hace algo por nosotros –lo que incluye contarnos una información que podría ser secreta– nos sentimos obligados a devolverle el favor con algo similar”. El problema es que bajo esta norma los individuos se vean metidos en un ciclo sin fin en que se sientan obligados a contar cosas cada vez más íntimas como moneda de cambio de las nuevas confesiones.

Querer caer bien (por la cara)

“Cuando conocemos a alguien que parece similar a nosotros en forma de ser, apariencia, gustos y manías, se dispara inmediatamente una tendencia a sentiros cómodos y confiar en el individuo”, comenta el profesor. Así, nos soltamos y empezamos a revelar información personal como locos viendo que la otra persona es ¡nuestra alma gemela!

Pero cuidado. Las apariencias engañan y podemos estar cogiendo confianza con alguien que en realidad no tiene nada que ver con nosotros y las cosas que le revelemos pueden ser utilizadas en nuestra contra cuando menos lo esperemos.

Cuando estamos hacinados con un extraño se dispara una falsa sensación de intimidad

Estas situaciones suceden con frecuencia cuando estamos en un lugar extraño o nuevo, como cuando vamos de viaje a otro país. “Asumimos de inmediato una conexión más fuerte que la que realmente existe”, explica E. Riggio. ¿Quién no ha visto –incluso ha protagonizado– una escena en la que dos españoles se encuentran en pleno Varsovia y hasta se abrazan? Lo único que tenéis en común es la nacionalidad pero te has venido arriba sin pensarlo. Ahora, a ver cómo te deshaces de tu nuevo ‘mejor amigo inventado’ que pretende acoplarse a todas tus excursiones programadas. Suerte.

Irse de la lengua en cuestiones personales puede ponernos en un verdadero brete y conducirnos a situaciones peligrosas. Un claro ejemplo es cuando nos da por hablar mal de terceros y se dan esas terribles casualidades en las que, ¡chán, chán!, resulta que es el ex, un familiar o el mejor amigo de nuestro interlocutor recién conocido.

También será mejor que controles tus ganas de sincerarte durante una entrevista de trabajo. Es importante controlar estas confesiones personales porque, por mucho que te hayan despedido o hecho mobbing durante casi un año, no es correcto hablar mal de una empresa en la que has trabajado o de un jefe que era un capullo integral con alguien que puede contratarte. Puedes generar en esa persona la inseguridad de si, tarde o temprano, echarás tantas pestes de su figura o de tu nuevo empleo como haces con aquellos.

Asumimos de inmediato una conexión más fuerte que la que realmente existe

¿Podemos protegernos de revelar demasiado a los extraños? E. Riggio está convencido de que sí y recomienda para ello sencillas formas de racionalizar las situaciones. El profesor recomienda aprender a mantener psicológicamente las distancias siendo conscientes de que han invadido nuestro espacio personal. Si lo tenemos en cuenta, podremos evitar la excitación que podría conducir a esa sensación de falsa intimidad.

Los excesos de confianza derivados de la simple y llana proximidad física pueden controlarse si simplemente tienes en cuenta que el masajista o el podólogo son solamente profesionales que están haciendo su trabajo. No, porque alguien te toque no quiere decir que le interesen tus traumas de infancia.

Y la mejor: evita el contagio. Porque la otra persona te cuente cosas personales –aunque simplemente sea dónde va a irse de vacaciones– tú no estás obligado a hacer los mismos. “Limítate a escuchar y asentir con la cabeza e incluso, si te incomoda, interrumpe la conversación”, sugiere el autor.