No son tan nombrados, no ocupan tanto espacio en los medios de comunicación ni en los terrores inconscientes de la población como los terremotos súbitos y de intensidad devastadora, pero sus consecuencias pueden ser igualmente negativas: se trata de los“terremotos lentos y de baja frecuencia”.

Un artículo recientemente publicado por la revista Science Advance, advierte sobre la conexión entre estos deslizamientos lentos y los terremotos en la corteza terrestre; la investigación tomó el caso de 1.120 fuentes de terremotos y cerca de 1,8 millones de casos individuales de sismos de baja frecuencia.

Los sismólogos observaron una interacción colectiva entre los sismos de baja frecuencia, lo que es signo de una zona de falla de fluidos, posiblemente agua liberada por la conversión de algunos minerales a unos 40 kilómetros de profundidad. Es decir que estos movimientos pueden ser parte de un ciclo propio de los grandes terremotos: no se trataría de una quietud absoluta sino de un movimiento imperceptible que va preparando el próximo desplazamiento rápido.

“Existe la posibilidad de que estos fluidos sean cruciales no solo para las interacciones entre los terremotos de baja frecuencia, sino también para determinar las propiedades mecánicas de las fallas geológicas”, explica Aleksandr Gusev, uno de los coautores del estudio.

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